Morir en Afganistán


 

Javier Aisa

Área Internacional de IPES

 

Las tropas españolas se encuentran en una misión de paz en un escenario de guerra. Una paradoja imposible de resolver cuando la concordia en Afganistán no existe y para llevar a cabo la guerra, en condiciones de ganar, las fuerzas actuales no bastan y los peligros pueden ser mucho más inquietantes.

Hasta ahora el enfoque de esa paz es incompleto, porque la prioridad se establece en la defensa de la administración central, que a duras penas encabeza el presidente Karzai, con escaso apoyo en el país. Afganistán es un estado fallido, que suscitó hace seis años muchas esperanzas, pero que está atravesado por la incompetencia, la inseguridad, el nepotismo y las rivalidades internas. En la planificación del nuevo régimen fijada en los acuerdos de Bonn - una vez derrocados los talibanes en el otoño de 2001- se propuso crear estructuras estatales nuevas. Sin embargo, después se adjudicaron los cargos  para beneficiar los intereses de cada una de las facciones políticas o para acallar las reclamaciones de los jefes tribales. Asimismo, se ha dado más importancia a reafirmar la seguridad mediante la creación de un ejército nacional y una fuerza de policía que a solucionar las necesidades de supervivencia de la población, a saber: la construcción de infraestructuras; las campañas de alfabetización; la atención a las personas desplazadas o refugiadas; la distribución de alimentos y la búsqueda de acuerdos con los líderes locales, comprometiéndoles a un protagonismo constructivo que instaure así una cultura política diferente. En definitiva, se ha pretendido edificar un Estado desde arriba y no desde bases reales, apegadas a la vida cotidiana de las gentes, para quienes lo menos relevante es construir un Estado central en una capital alejada. Muchas cosas han fracasado en la reconstrucción del país si la mayoría de los afganos no disponen de calefacción, electricidad y agua corriente y una serie de nuevos ricos instalados en la administración, en el tráfico de droga y en el control de la ayuda internacional se hacen de oro.

La guerra se intensifica. El caos genera frustración y facilita el avance de los talibanes, que se han propuesto reconquistar el país, apoyados activamente por los grupos más extremistas de Pakistán. Su progreso es lento pero constante y sus frentes de combate se han extendido a las provincias del oeste, por donde circulan los destacamentos españoles. Emplean nuevas tácticas, fundadas no en el enfrentamiento directo, porque su capacidad militar es menor, sino en la multiplicación de las actividades guerrilleras en diversas zonas -sobre todo en torno a los pueblos-; en el hostigamiento a los contingentes de la OTAN, con el propósito de desbordar las líneas de contención de las fuerzas armadas afganas y occidentales; y en la designación de diferentes jefes que impongan la lucha según las condiciones locales. Además, los talibanes pretenden congraciarse con la población y, en seis provincias del sur de Afganistán, han decidido poner en marcha escuelas y dispensarios. Los soldados de la coalición son incapaces de estar en todos los lugares, ya que no cuentan con recursos  humanos y logísticos suficientes y las funciones y mandos están divididos entre los militares de la Operación Libertad Duradera, con EEUU al frente, y la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) formada por 29 países.

Que la paz se consolide depende -entre otras muchas cosas- de que se delimiten claramente las diferencias entre los objetivos y actividades armadas y aquellos relacionados con el desarrollo; de que se modifique la concepción de gobierno y, al mismo tiempo, se pongan en marcha procesos políticos participativos y de mejoras económicas y sociales sobre todo en las comunidades rurales, lugares donde los talibanes se mueven con más facilidad. En caso contrario, cabe preguntarse si vale la pena continuar en Afganistán. Por descontado, existe otra posibilidad: implicarse a fondo en la guerra. Pero Naciones Unidas no tiene medios ni decisión política para dirigir las operaciones.Tampoco lo aceptaría Estados Unidos, que aspira a liderar en solitario el control estratégico de la zona y la "guerra contra el terrorismo". Responder al llamamiento del mando militar estadounidense y que la OTAN - y en ella España- envíe más soldados e intervenga en acciones de guerra total representaría enfangarse en un conflicto de desgaste, sucio, largo y costoso, que tarde o temprano alcanzaría algunas regiones de Pakistán. La invasión soviética de Afganistán en 1979, y su salida precipitada tras perder 15.000 soldados, y el horror de Irak son dos ejemplos de un terrible salto hacia el vacío. Un callejón sin salida en el que los talibanes y Al Qaeda quieren introducir a las potencias occidentales para demostrar su fuerza y nuestra debilidad.

 

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