Javier Aisa
Área Internacional de IPES
El sangriento régimen militar no ha retrocedido ante las manifestaciones. Los generales creyeron haber eliminado las protestas durante las masacres de 1988 y la anulación dos años después de la victoria de la Liga Nacional para la Democracia, liderada por la Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi. Comienza ahora una oscura y sucia represión que pocos denuncian, salvo Amnistía Internacional y algunas comunidades budistas.
El Tatmadaw rige Birmania desde 1962. Un autoritarismo militarizado ejerce el control político y económico del país. Ne Win proclamó la "vía birmana al socialismo", mentira que sirvió para que se entregaran la mayoría de los bienes a empresas dirigidas por los uniformados. La elite militar -procedente de las clases medias urbanas- sus familias y los funcionarios que les apoyan (dos millones de personas de una población total de 48 millones) han formado un Estado dentro del Estado y disfrutan de grandes privilegios y del 40 % del presupuesto de Birmania. Than Shwe, primera figura de la cúpula militar, mantiene estrechas relaciones con el magnate Te Za, propietario de sociedades con intereses en el turismo, la madera de teca y en negocios de armamento. Los arreglos de cuentas en la Junta militar han sido habituales, como sucedió con Khin Nyunt en 2004, por discrepancias sobre la Constitución y la actitud hacia minorías étnicas poderosas como los shans, que apoyaban la represión de otros pueblos. El gabinete decidió el traslado de la capital de Rangún a Pyinmana hace dos años. Rebautizada como Naypyidaw (ciudad real), fue el punto de partida de la lucha contra el ocupante japonés en la II Guerra Mundial. Los jefes militares se identifican con las estatuas de los monarcas precoloniales que se elevan en sus patios y se han apropiado de la legitimidad de la rebelión contra el invasor. Situada en el centro del país, la nueva capital es el escenario fantasmagórico de un dorado aislamiento desde donde controlar mejor a las minorías étnicas situadas en los territorios fronterizos. El Estado militar birmano ejerce un nacionalismo xenófobo, que ha modificado las denominaciones del país (Myanmar) y de las ciudades y ha diezmado a los pueblos shan, karen, rankhin y mon, obligando a huir a decenas de miles de personas a Tailandia.
El malestar de la población se ha convertido en indignación después de que el Gobierno decretara una subida de casi un 500 % los precios de los carburantes, cuando más de la mitad de un salario medio de 2.000 kyats (2 dólares al día en el mercado negro) se destina al pago del transporte. Los gastos de edificación de la capital y el aumento de los salarios de los funcionarios para asegurar su apoyo al régimen han vaciado las arcas del Estado. Asia Times precisa que esta medida forma parte de un programa de reforma económica y financiera que coincide con la visita de altos cargos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial.
Las acciones de una nueva generación de opositores, el movimiento Generación 88 -universitarios rebeldes ese año y muchos de ellos posteriormente presos políticos- han sido un buen ejemplo de resistencia no violenta activa, inspirada en los principios de paz y armonía de la tradición religiosa birmana: en 2006 recogieron más de medio millón de firmas exigiendo democracia y reconciliación nacional y promovieron una campaña multiconfesional de plegarias en los lugares de culto budista. "No podemos permanecer impasibles porque la pobreza del pueblo es la nuestra" ha señalado la "sangha" o comunidad monástica budista. La Alianza de Todos los Monjes Budistas de Birmania se ha sumado a las movilizaciones. Entonando el "Metta Suta" (enseñanza de Buda sobre el amor universal), han dado testimonio de su espiritualidad, ascendiente moral y propuesta ética. Otros monjes han llevado a cabo el "patam nikkujjana kamma" o rechazo de las donaciones del régimen. Los monjes birmanos tienen una larga historia de implicación política: en 1918 y en 1930 participaron en las rebeliones anticoloniales contra los británicos. Muchos fueron encarcelados y asesinados en las revueltas de 1988 y 1990. El clero desempeña también un gran protagonismo en la ayuda social, allí donde el Gobierno no quiere llegar. El número de monjes asciende a 340.000, similar al de los soldados, pero aquéllos sólo llevan en sus manos un cuenco para recibir el arroz de una población que les venera.
Los Estados vecinos son los que más pueden presionar al régimen militar: India, que aspira a conseguir parte del gas birmano para desarrollar sus estados del norte; Tailandia, destacado socio comercial, con 2.650 millones de importaciones y la posible construcción de una gran presa eléctrica cerca de su frontera; pero nadie como China está en disposición de ejercer de moderador. Con grandes intereses en las infraestructuras y una importante inmigración en las ciudades birmanas, a un año de los Juegos Olímpicos, Pekín necesita que Birmania sea un país estable, que además garantice su seguridad energética.