Javier Aisa
Área internacional de IPES
Estados Unidos declaró en 2001 que Afganistán había sido liberado de la tiranía de los talibán y de los terroristas de Al Qaeda. Ahora, el movimiento extremista islámico gana terreno en el sur y el este y puede extender sus acciones bélicas al norte y a la capital, Kabul.
Las tropas norteamericanas y británicas, bajo mandato de la ONU, luchan sin tregua. Los afganos se quejan de que la mayoría de los muertos son civiles y de que las autoridades militares no dan prioridad a los planes de reconstrucción, ni respetan las costumbres autóctonas y tampoco explican adecuadamente las nuevas leyes. Miles de campesinos huyen de los combates, de la sequía y de la destrucción de sus medios de subsistencia, los campos de cultivo del opio.
El presidente Karzai continúa en el poder gracias al apoyo de las fuerzas expedicionarias, pero la autoridad de su Gobierno no va más allá de la capital afgana. Como siempre, en Afganistán la hegemonía en las provincias reside en los señores de la guerra y en los emires locales, apoyados más en la red clientelista de los clanes y grupos de solidaridad formados por oficios y barriadas que en un gobierno elegido. Medidas como el restablecimiento del Ministerio del Vicio y de la Virtud, para atraer a los musulmanes más tradicionalistas y reforzar el Gobierno, representan un retroceso en los derechos humanos. Buena parte de la reconstrucción acarrea corrupción y nepotismo, que alcanza a la administración y a muchas empresas. La población paga los gastos de las malversaciones: los funcionarios cobran salarios entre 50 y 150 euros y la presencia extranjera ha provocado un aumento exagerado de los precios. Los ingenieros, consultores y mercenarios pueden ganar 1.000 dólares al día, mientras sus trabajadores afganos sólo obtienen cuatro.
¿Un Estado afgano imposible?
Afganistán ha sido siempre un complicado rompecabezas, donde se superponen las fidelidades étnicas, tribales, los clanes de las diversas tribus y la pertenencia de cada una de ellas a diferentes grupos de solidaridad; además de los enfrentamientos religiosos, tanto entre la interpretación ortodoxa de los ulema y los sufíes respecto a los islamistas, como de los primeros contra los shiíes hazara.
La existencia de Afganistán como Estado, desde mediados del siglo XVIII, es la búsqueda de una "nación imposible de encontrar" por la identificación histórica de los pashtun con la existencia de un Estado central, que pretende imponerse sobre el resto de pueblos, pero igualmente por la persistencia -antes y después del golpe de Estado comunista de abril de 1978- de conflictos entre las diversas afiliaciones tribales pashtun en las ciudades más importantes y en la sociedad rural. El aparato de Estado, fijo en la capital, se nutre de la corte y de la aristocracia (en la época de la monarquía hasta 1973) y, después, de la burguesía del Estado (funcionarios, estudiantes, militares) y de la burguesía comercial del bazar. Todos ellos crean redes y jerarquías clientelistas, la mayoría de las veces corruptas, que defienden sus rentas y aspiran a extender su área de influencia al campo. El poder en la sociedad campesina gira alrededor de la figura del jefe tribal o jan, que pretende ampliar su clientela, ser reconocido como árbitro e incrementar su riqueza sin transformar las estructuras tradicionales, en definitiva sin construir un Estado.
Cada afgano se identifica con una genealogía patrilineal, que existe como un grupo de solidaridad más o menos endogámico (qawm), sea cual sea su componente sociológico: tribu, clan, grupo profesional, casta, grupo religioso, comunidad campesina o simplemente una familia ampliada. No obstante, la configuración como tribu se hace sobre la base de varios grupos de solidaridad ligados por un derecho consuetudinario, una serie de valores específicos y un conjunto de instituciones originales. Son, por ejemplo, la loya yerga (asamblea de los hombres de las tribus o de sus confederaciones) o el pashtunwali, que ejerce de código y de ideología, al mismo tiempo.
Dejando a un lado la búsqueda de algunos rabinos, que establecen genealogías descendientes del rey hebreo Saúl, otros historiadores encuentran el origen de los pashtun en los paktuos mencionados por Herodoto. Sin embargo, esos pueblos se renovaron profundamente antes del siglo I y al parecer fueron los sakas, primos de los partos, los que llegaron a la cuenca del Indo y a los montes Solaiman, frontera actual entre Pakistán y Afganistán, asimilándose a otras poblaciones anteriores y dando lugar a los pashtun. La denominación afgano aparece en inscripciones sasánidas del siglo III y IV y en autores indios (con el nombre de avagana) y fue asumida por los pashtun. Al cabo de los siglos, a causa de las invasiones mogolas y gaznawíes, los pashtun, con sus tribus durraníes, gilzais y kakar, se extendieron hasta las estribaciones del sur del Hindu Kush.
El código pashtunwali, más que la lengua y la cultura, otorga una poderosa conciencia de identidad y permanencia a estas tribus, mediante un sistema de valores comunes, de mecanismos jurídicos y reglas sociales: el honor y el orgullo (nang), la espada (tura) y la dignidad personal (pat). El pashtu es el hombre orgulloso y agresivo, figura viril capaz de defenderse a sí mismo y a la trilogía zan (mujer), zar (oro) y zamin (suelo, propiedad), pero que también puede proteger (nang) a los vecinos y dar hospitalidad al huésped, según las normas. Los ataques y los actos de violencia se castigan mediante la venganza, el precio y la sangre, en una reglamentación precisa que incluye la muerte.
El Estado afgano se forma en 1747 a partir de una confederación tribal pashtu, encabezada por una dinastía durraní, tras la desintegración del imperio mogol y la rebelión contra el imperio persa safawí -que legó el shiísmo a la minoría hazara- apoderándose de los territorios del Este y asentándose firmemente en la vertiente norte de la gran barrera del Hindu Kush. Luego resurge en 1878-1880 como estado-tapón, merced a la disputa entre Rusia y Gran Bretaña.
La referencia al estado-nación pashtu la promueven los diferentes clanes en una disputa interna por apropiarse del poder y del concepto de nación en exclusiva y estableciendo legitimidades a partir de la gran yerga o asamblea; la administración, con gobernadores-notables del pueblo, al margen de los janes de las tribus; y mediante la utilización del islam. Pero en todos los casos el Estado se constituye intentando superar desde arriba, y no por la base, la influencia de los pueblos no pashtun, que no se reconocen en estas ideas y prácticas, excepto en el islam. De ahí la debilidad del Estado y las tensiones continuas en torno al territorio, a los recursos, a la administración y a la lengua, especialmente en las zonas persáfonas tayikas y hazaras, que recuerdan los imperios persa y mogol anteriores al Estado afgano y ven cómo el nuevo Estado pretende eliminar sus costumbres y su lengua dari en favor de una recreación de una cultura popular pashtu, elevada al rango de cultura nacional afgana.
Las fracturas en todas estas segmentaciones sociales se incrementaron desde 1978 por las migraciones forzosas derivadas de la resistencia contra los soviéticos y el régimen comunista (más de un millón de muertos), la guerra civil posterior y la represión llevada a cabo por los taliban desde que se hicieron con el control de la mayor parte de Afganistán entre 1994 y 1996.
Apenas existen relaciones entre Kabul, la capital, donde se concentran los servicios y la administración, y el resto de Afganistán, un mundo rural, abandonado a su suerte o al dominio de los gobernadores designados por la administración central. La separación entre las autoridades y la población es cada vez más profunda porque aquellas rehuyen compartir con la gente los lugares donde se realiza la vida cotidiana: los mercados, como espacio económico, de traslado de noticias e historias y hasta de diversión; las mezquitas, como espacio de culto y de oración pero también de poder de los líderes religiosos, que garantizan la educación, la moral y no pocas influencias políticas; y las asambleas o "jirgas" locales y tribales en las que se discuten los problemas. En un intento por establecer una jerarquía el Estado central, equivocadamente, ha designado gobernadores y funcionarios en función más de su lealtad que de la capacidad de administrar bien los recursos. Muchos son antiguos "señores de la guerra", cuya legitimidad se ha renovado al convertirse en diputados en las elecciones parlamentarias y que han formado milicias armadas para consolidar su poder. A ellos se suman buen número de mercenarios que acompañan a las empresas dedicadas a la reconstrucción o los destacamentos militares extranjeros. Unos y otros escapan a cualquier control y autoridad y apenas distinguen en sus intervenciones armadas entre guerrilleros y civiles. En las ciudades más importantes, sobre todo en Kabul, decenas de miles de refugiados que han vuelto de Pakistán o que han huido de las zonas de combate malviven en pésimas condiciones sanitarias, sin casa ni trabajo. Esta miseria -todavía mayor en el campo- es un escándalo cuando al lado los nuevos ricos incrementan sus ganancias con el desvío de la ayuda internacional (un 40 % de los 4.300 millones de dólares recibidos en cinco años) y el control del cultivo y tráfico de adormideras, que cubre 28 de las 34 provincias afganas.
El islam como consenso o conflicto
La instancia que aparece más allá de las rivalidades entre los pueblos, las tribus y los clanes, y contra a un Estado arbitrario, es el islam, que será un elemento de referencia religiosa y legal de carácter universal, aunque en su interior se acumulen nuevos problemas.
En Afganistán el islam se forja como un valor universal, que pretende superar los sistemas tribales. Además de un hecho religioso privado, el islam es cultura, forma de vida y política. Aunque Dios es uno, la práctica del islam es múltiple, gracias a la interpretación y a su adaptación a las costumbres locales.
En la base social se sitúa la religiosidad en la vida cotidiana de los pueblos, como identidad cultural y horizonte común de todas las dinámicas religiosas. La mezquita es el lugar de oración y lugar de encuentro. En ella aparece el mollah, que no es miembro de un cuerpo clerical constituido sino un hombre sencillo, distinguido por su piedad, tradicionalmente procedente de una familia de mollah y elegido por el pueblo mediante consenso. En él recaen las prestaciones religiosas (entierros, circuncisiones, bodas, escuela coránica...). Espiritualidad en un espacio de meditación y moral social, el islam como religión popular ofrece al campesino sentirse miembro de una comunidad universal (umma) y un sistema de normas (shari´a), que busca superar las limitaciones y particularismos de los códigos tribales y sus instituciones, muchas veces abiertamente opuestas a la shari´a.
Un grado mayor de la experiencia religiosa en la sociedad afgana se da alrededor de los sayyad (supuestos descendientes del profeta Muhammad y de sus seguidores) y de los maestros espirituales o pir, mezcla de ermitaños, curanderos y narradores, dotados de un halo de prestigio y respeto por su sabiduría. Con los pir se institucionaliza la religión popular en forma de órdenes o cofradías sufíes. El sufismo refleja el misticismo en el Islam, como fusión del yo en el infinito amor de Dios, siguiendo una iniciación espiritual conducida por un pir, a través de un camino (tariq) por el que se accede desde una interpretación aparente a una revelación oculta y al conocimiento pleno de Dios. Sufíes ortodoxos, que respetan escrupulosamente el dogma, convertidos en ulema o mawlawi (doctores de la ley), o sufíes morabitos, ligados a una familia de varones santos, las cofradías sufíes han desempeñado un importante papel en la resistencia afgana y actualmente en algunas redes de la oposición a los taliban, que los desprecian por sus ritos y cultos (un islam purificador frente a un islam relacionado con formas y vivencias tachadas de supersticiosas y mágicas).
Los ulema (mawlawi en Afganistán) dirigen las escuelas coránicas (madrasas) y son expertos en la ley islámica merced a su formación, muchos de ellos precisamente en la gran escuela de Deoband (India) y, después de la partición de la India, en Peshawar, centro de perfeccionamiento de los ulema más conservadores. De allí proceden los taliban. Los ulema tradicionalistas surgen en escuelas privadas, enfrentados a los ulema instruidos en las escuelas públicas regidas por el Estado, exclusivamente en las ciudades, más modernistas y próximos a la intelectualidad, en un intento de controlar la enseñanza religiosa. Los tradicionalistas son mayoritarios y poseen el sentimiento de pertenecer a la comunidad musulmana universal, más que a una nación o tribu en particular. Muchos de ellos extremadamente apegados a la literalidad estricta de los textos, a una reglamentación mecánica, casuística y tradicional, apenas se adaptan al mundo moderno y se quedaron marginados frente a las nuevas élites islamistas, hasta que los taliban recogieron sus enseñanzas más extremas para configurar un poder excluyente.
En cualquier caso, los estamentos religiosos pretenden situarse fuera del tribalismo, bien inferiormente como los mollah de los pueblos y las aldeas, o por encima, como los liderazgos sufíes o de los ulema. Las instituciones religiosas, la ley islámica y el yihad se sitúan en permanente tensión con las fidelidades a la tribu, al jan y a las normas tribales, cuyo poder es esencialmente laico, aunque no pocas veces los líderes religiosos tienen que actuar de mediadores.
A partir de una voluntad de volver a los textos y a la originalidad de la ley islámica, surgen en este siglo los movimientos islamistas, con una versión política del islam, que pone en cuestión el poder del tradicionalismo, denuncian las injusticias sociales, aplican la libre interpretación (iytihad) para adaptarse al mundo moderno y buscan formas específicas de organización. Los islamistas surgen de la red de enseñanza estatal, especialmente de las escuelas técnicas. Censuran al islam afgano su orientación al sufismo y la falta de una organización política específica, y a los ulema su anquilosamiento en normas jurídicas vacías de dinámica histórica. Los grupos islamitas elaboran una ideología política a partir del islam, para enfrentarse mejor a los colonialismos extranjeros y a los poderes establecidos.
Si los ulema tradicionalistas fundamentan la política en la ética y el derecho musulmán, los islamistas, impregnados de conceptos políticos occidentales (soberanía, democracia, partido, revolución..) realizan una acción definida primero desde la política y el Estado, corroborándola después en los versículos del Corán, al que vuelven para dar una explicación a los problemas actuales, desde el rechazo a la imitación y a la sumisión (taqlid) y la reapertura del esfuerzo de interpretación personal. Según un punto de vista tradicionalista, sólo los ulema podrían llevar a cabo la interpretación. Sin embargo, los islamistas advierten que ésta puede ser llevada a cabo por el consenso de toda la comunidad de los creyentes, a modo de sufragio universal o mediante la inclusión de intelectuales islamistas en el sistema de ulema.
Sin embargo, en su choque con la sociedad y el Estado musulmán, que no les permite actuar políticamente, y en el enfrentamiento con los ulema, los movimientos islamistas pierden por ahora la partida. En su deseo de influir en una sociedad de por sí tradicional, la actuación de muchos grupos islamistas, desde los años 80, será dar prioridad a moralización rigurosa de la vida cotidiana y a la implantación estricta de la ley islámica más arcaica, más que a la actuación sobre la política y la economía, en términos de igualdad y justicia. No son ajenas a este deslizamiento la pérdida de base social y la financiación promovida por algunas fundaciones de Arabía Saudí y de organizaciones extremistas de Pakistán, obsesionadas por controlar estos movimientos, a los que temen en un principio. La aparición de los taliban y la red Al Qaeda de Bin Laden en Afganistán son los mejores ejemplos de esta degeneración de los islamismos políticos.
La diversidad musulmana se ha vivido en los últimos años en forma de enfrentamientos violentos. El yihad como guerra defensiva, basada en la solidaridad islámica -que unió a todos los grupos frente a la invasión de la URSS y la dictadura comunista- fue desbordado desde 1992 por la reaparición de una fidelidad mucho más tradicional a cada uno de los jefes tribales (janes) o de los líderes de los grupos de solidaridad. A la agresividad entre los clanes se sumó el choque entre los propios movimientos islamistas. Además, en el conflicto participaron lealtades a los jefes de clanes uzbekos turcófonos como Dostum y familias pashtun del Sur y de Este. La aparición de los taliban, de 1994 a 1996 respondió a un hecho igualmente derivado de una interpretación religiosa: el triunfo de los ulema más ultraconservadores, que se impusieron por la fuerza al resto de tendencias religiosas.
Así como es preciso reconstruir Afganistán teniendo en cuenta las tribus, tampoco se puede olvidar el islam. Pero las disputas religiosas no pueden saldarse con la instauración de una religión tradicional o de un neoislamismo conservador, que impida los derechos a las otras tendencias musulmanas y no se adapte desde el islam a los tiempos modernos, incluyendo desde luego el desafío de la libertad de las mujeres, de las minorías étnicas y de los no creyentes. En caso contrario, asistiríamos al triunfo del extremismo.
El presente: una prueba de fuego
Los taliban llevan a cabo una doble estrategia política y militar. Ocupan territorios y se alían con los mandatarios de las provincias. Iraq es un ejemplo a seguir: atentados suicidas, bombas en las carreteras y pequeños grupos bien entrenados, provistos con las armas escondidas durante la invasión de 2001, que atacan y desaparecen mezclándose con la población local.
Los batallones de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) enviados a una misión de reconstrucción se han encontrado con una inesperada guerra abierta para la que no habían diseñado estrategias precisas, excepto Estados Unidos. Las diferencias entre los aliados provocan que el reparto de funciones sea muchas veces ineficaz. El cultivo y la venta de opio es casi la única fuente de ingresos para miles de personas. Tiene sus raíces en la corrupción, la inseguridad y en problemas administrativos. Frente a un estado débil los campesinos sobreviven mejor cultivando opio más que otros productos agrícolas. En 2006 la producción se ha incrementado el 49 % y alcanza las 6.100 toneladas, unos 3.000 millones de dólares. Se producen tres kilos de opio por hectárea. El kilo vale entre 50 y 70 dólares y en dos meses su coste se duplicará. Afganistán garantiza el 92 % de la producción mundial, con un valor en el mercado de 30.000 millones de dólares. En cada cosecha el propietario consigue alrededor de los 15.000 dólares. El cultivo se hace sobre todo en el sur, controlado por los señores de la guerra, los traficantes y los taliban. El tráfico de droga permite también comprar armas y lealtades. Si el presidente Karzai ordena la destrucción de las plantaciones la población se sumará a la "yihad" contra su gobierno.
Pakistán es la clave de muchos problemas regionales. Los talibanes tienen su retaguardia logística y de entrenamiento en Baluchistán y la Provincia Fronteriza del Noroeste, amparados por los clanes pashtun, los imanes ultraconservadores y una alianza de partidos religiosos. La India se siente amenazada por el poder de los radicales y su influencia en Cachemira y en los musulmanes indios. Se acusa al presidente Musharraf -que hace equilibrios para no ser derrocado- de llevar a cabo un peligroso doble juego por el acuerdo de paz con las tribus fronterizas: a cambio de la retirada de los activistas extranjeros de Al Qaeda, se ha comprometido a desmantelar algunos controles y a consultar a las autoridades locales antes de realizar operaciones militares. Este compromiso pone en entredicho las relaciones entre Pakistán y los Estados Unidos, cuyos intereses en la guerra contra el terrorismo parecen no coincidir. Es el preludio de nuevos riesgos y violencias.
El conflicto de Afganistán es la prueba de un fracaso: la paz no existe; la democracia está lejos y la reconstrucción apenas se aprecia. En la historia de Afganistán que la población se desplace masivamente -como sucede ahora- es la demostración de que la guerra será larga y peligrosa. No es preciso esperar al deshielo en las grandes montañas para comprobar que se está desencadenando una guerra de guerrillas, iniciada primero en aquellos lugares donde los grupos armados opuestos a Gobierno central y a las fuerzas extranjeras están mejor instalados, para ampliar su radio de acción generando focos de tensión tanto en el campo como en las ciudades. El propósito de esas milicias es desestabilizar zonas antes seguras (el oeste y el norte de Afganistán) y crear diversos frentes que acompañen otras ofensivas de mayor envergadura en el sur y en el este.
Los extremistas, encabezados por los taliban, sacan provecho de todos los errores del Estado y de su desidia, de la pobreza y del caos. En los pueblos y aldeas, profundamente conservadoras en términos religiosos y de costumbres, los taliban ofrecen trabajo y escuelas, no como en el pasado cuando se impusieron sólo con las armas. En realidad, nunca desaparecieron, sino que llevaron a cabo la táctica histórica y habitual de estos grupos: se mezclaron con los habitantes y se fundieron con el paisaje, a la a la espera de una relación de fuerzas favorable.
Se dice que Afganistán vive una "paz conflictiva". La ofensiva de los taliban resurge desde las provincias del suroeste, Kandahar, Helmand, Nemroz y Kabul, y se puede convertir en una guerra abierta. En este caso, es difícil imaginar que se pueda derrotar a los taliban sin el empleo de una fuerza mucho más destructora ¿Con qué medios? ¿Hasta dónde? Cabe preguntarse si los mandos militares extranjeros están dispuestos a concentrar mayor potencia de fuego, incrementar el número de soldados y, si fuera necesario, extender los ataques a la retaguardia de los taliban en las provincias del norte y oeste de Pakistán, con un previsible aumento de las bajas. Aunque los 26 países de la OTAN declararon en la reunión de Riga en noviembre pasado que "la paz y la seguridad en Afganistán son prioritarias" algunos países, entre ellos España, rechazan la idea de enviar más soldados. Por otro lado, tampoco existe una coordinación eficaz de las fuerzas. El objetivo primordial de los norteamericanos es liquidar a Al Qaeda y sus bases talibán pero las fuerzas de la ISAF deben proteger algunas ciudades e infraestructuras, formar al Ejército y la policía afganos y proceder a labores humanitarias en los denominados Equipos Provinciales de Reconstrucción. Sin embargo, también llevan a cabo tareas de inteligencia e información. Una doble función contradictoria, muy censurada por la Agencia para el Socorro Afgano, principal grupo de coordinación de las ONG, porque esta mezcla puede provocar en la población más confusión que ventajas. El Ejército Nacional Afgano no es consistente por las deserciones y la mínima configuración multiétnica, que levanta sospechas. En estas condiciones los riesgos pude ser excesivos, ya que además la opción militar total puede favorecer a los taliban, cuya estrategia se basa asimismo en atraer a las tropas expedicionarias a un terreno hostil para proceder a una guerra de desgaste y, al mismo tiempo, acabar desestabilizando al Gobierno del general Musharraf en Pakistán.
Se ha abierto la caja de los truenos e intentar cerrarla con más violencia sería un gran error. Para evitar todos estos riesgos, la política de seguridad -inevitable- podría estar acompañada de medidas que promuevan el desarrollo de las zonas rurales, en las que vive el 70 % de la población, mediante la ayuda masiva a sus poblaciones, la educación y la plena participación local en la toma de decisiones. El esfuerzo dedicado hoy a la guerra no debe hipotecar la paz del futuro.