La propuesta de resolución del conflicto de Kosovo que el mediador de la ONU, el finlandés Martii Ahtisaari, ha trasladado a las partes en conflicto (el Estado serbio y las instituciones de autogobierno de Kosovo) alumbra lo que, sin duda, es el comienzo de la salida del túnel en que se encuentra metido este territorio desde hace muchos años. Asistimos a un nuevo escenario, si bien no nos estamos aproximando a un paisaje abierto, desprovisto de problemas; al contrario, la cuestión de Kosovo va a continuar moviéndose en una geografía abrupta.
Y es que, en definitiva, Ahtisaari ha puesto sobre la mesa de negociaciones una oferta con el propósito de que las delegaciones serbia y albano-kosovar lleguen a un acuerdo. Sin embargo, la reunión mantenida hace poco en Viena nos transmite una situación desalentadora: rechazo absoluto por parte de los serbios y apoyo total de los albano-kosovares. Ambas posturas irreconciliables nos proporcionan el mejor ejemplo de lo que representa el plan del mediador internacional: independencia para Kosovo -aunque dicho término no figure en el texto presentado- con un período transitorio de tutela internacional, fundamentalmente de la Unión Europea, y negativa a la posibilidad de que se produzca la partición del territorio. De esta manera quedan insatisfechas las pretensiones de los sectores de la clase política serbia ansiosos por mantener bajo su soberanía las zonas del norte mayoritariamente pobladas por serbios. Asimismo, la intención de la propuesta es evitar la integración del futuro Kosovo en otros Estados vecinos; especialmente que no forme parte de Albania, como primer paso a lo que comúnmente suele denominarse “Gran Albania”. Por ahora, resulta casi imposible lograr un compromiso. No obstante, ambas delegaciones han quedado citadas en Viena en los próximos días para intentar superar este callejón sin salida.La posición serbia cuenta no sólo con el respaldo de la práctica totalidad de las fuerzas políticas de Belgrado, sino que también se apoya en la tradicional alianza con Rusia. De hecho, el presidente Putin ha declarado públicamente que la Federación Rusa no aceptará ninguna solución, si no es aceptada por las dos partes. Además, amenaza con utilizar el derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y plantear una misma línea de solución para otros conflictos existentes en territorios ex soviéticos, donde las poblaciones rusas y rusófobas buscan alcanzar la secesión, en confluencia con los intereses económicos y estratégicos de Rusia: es el caso de Transdniéster (Moldavia), Abjazia y Osetia del Sur (Georgia). Por otro lado, las autoridades rusas esgrimen -no sin razón- argumentos de derecho internacional que obstaculizan la salida de este enrevesado conflicto: no es una resolución de Naciones Unidas lo que da acceso a la independencia de un territorio, como parece apuntar la tesis del mediador de Naciones Unidas; más bien la vía es la declaración unilateral promovida mayoritariamente por la ciudadanía y lo que le da el estatus jurídico es el reconocimiento ejercido por el resto de los Estados. La casi totalidad del arco político de Kosovo apoya a su delegación, que, a pesar de todo, ha de enfrentarse a las críticas de los sectores más intransigentes, con el movimiento Vetevendojsa al frente, que desean la independencia inmediata, y al problema añadido de los muertos y heridos provocados por las fuerzas policiales del MINUK (dependiente de Naciones Unidas) al disolver a los manifestantes opuestos a las opiniones de Ahtisaari. Con cualquiera de las soluciones el desenlace va a afectar inevitablemente al futuro político de las comunidades albanesas existentes en los Estados limítrofes: los valles de Presevo, Bujanovac y Medvedja, en Serbia; la zona nororiental de Macedonia y la zona suroriental de Montenegro y Albania. La comunidad internacional y, sobre todo, determinados países de la Unión Europea atisban con temor el posible efecto dominó que podría derivarse de la solución adoptada. Es cierto que las fuerzas políticas albanesas de Kosovo y de los demás territorios mencionados, excepto algunos grupos de carácter minoritario, no apuestan de manera clara y pública por la creación de la Gran Albania, pero no cabe duda que el riesgo es evidente. En igual sentido, ese posible efecto dominó no tendría que ceñirse exclusivamente a los territorios de población albanesa, sino también a aquellos de población serbia -mayoritaria en ciertos enclaves de Kosovo y de la República Srpska de Bosnia- y al propio futuro de Macedonia, que cuenta con una población eslava dividida entre tendencias pro-macedonias, pro-búlgaras y pro-serbias. Es decir, está en juego la estabilidad y el porvenir de varios Estados del sureste de los Balcanes: Serbia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro, Albania y Macedonia.No acaban ahí los problemas. La propia Unión Europea y sus Estados miembros asisten al desarrollo de una de las posibles maneras de entender el derecho de autodeterminación, de difícil aplicación, máxime teniendo en cuenta el embrollo a la hora de definir quién es el sujeto activo de dicho derecho. No podemos olvidar que más de un país de la UE tiene en el interior de sus fronteras problemas territoriales pendientes de una solución.En cualquier caso, lo que parece de justicia y de sentido común es que, sea cual sea la vía utilizada, no se puede mantener dentro del Estado serbio a la población albanesa que representa el 91 % del total de Kosovo y decantada por una abrumadora mayoría a favor de la independencia.