Con el anuncio de una próxima convocatoria de elecciones presidenciales y legislativas, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, intenta ganar el pulso que él y su partido, Fatah, mantienen con el movimiento Hamás. Fatah nunca aceptó la pérdida de las elecciones y ha puesto no pocos obstáculos al Gobierno de Haniya. Abbas quiere comprobar si los islamistas han perdido credibilidad y se ha lanzado al vacío. La máxima de Hamás es "Poder y resistencia", una suma de acciones violentas contra Israel, declaraciones extremistas y medidas para dominar la calle, que no han hecho progresar la causa palestina, sino que la han metido en un callejón sin salida, favoreciendo el argumento del Gobierno israelí para reforzar su presión: quienes se enfrentan a Israel en Palestina son sólo grupos terroristas.
Estados Unidos y la Unión Europea han mostrado indiferencia y palabras huecas hacia el presidente palestino, que tampoco ha logrado ningún éxito en el camino hacia la creación de un Estado palestino viable. Israel, también le ha marginado. En la práctica, las conversaciones de paz no existen, las colonias aumentan, no han cesado los ataques contra Gaza y las detenciones se han extendido a diputados y ministros. El bloqueo de los fondos económicos que permitían la supervivencia de la Administración palestina ha acarreado más paro, miseria y violencia. En este marco desesperado, las disputas por el poder entre las facciones palestinas se han impuesto sobre su obligación de presentar un frente unido, que pudiera ofrecer soluciones prácticas y realistas, encaminadas a mejorar las condiciones de vida de la población y consolidar un alternativa a la ocupación israelí. Es un desastre sin paliativos, que pone en entredicho el valor que tiene la democracia para las autoridades palestinas, sean del signo que sean.
Las líneas políticas enfrentadas de Fatah y Hamás responden a propuestas ideológicas difíciles de conciliar. Fatah basa su programa en las opiniones de sus activistas, si bien con una clara inclinación a un liderazgo excluyente de cualquier disidencia. Las directrices de Hamás son discutidas por sus militantes, aunque su lenguaje y acciones están revestidos de un envoltorio religioso totalizador, porque la política es la expresión de la voluntad divina, que determina las ideas, las motivaciones y los objetivos finales. Ambas formaciones aspiran a conseguir la retirada de las fuerzas militares israelíes, pero Fatah plantea un Estado palestino al lado de Israel y admite estrategias flexibles. Hamás afirma que Israel debe desaparecer y ser sustituido por un Estado palestino islámico. Fatah y la Organización para la Liberación de Palestina se crearon en tiempos (años 60) de esperanza en la independencia y la justicia social por el ascenso de los nacionalismos árabes frente a los colonialismos. Estas experiencias fracasaron en Oriente Próximo por causas externas: las ofensivas militares de Israel, el intervencionismo de Estados Unidos y la Unión Soviética, que utilizaron este escenario para luchar por la hegemonía, instrumentalizando a sus respectivos aliados árabes y la dependencia económica. Igualmente, se vinieron abajo por los errores y las intrigas de los dirigentes de estos países, que no concedieron libertades políticas y participación social, en beneficio de gobiernos dictatoriales con partidos únicos y militarizados; ni realizaron una distribución más justa de la riqueza, en provecho de la codicia de sus clanes. Llegaba la hora de los islamismos.
En Palestina, el triunfo de Hamás en las elecciones de enero confirmó el fiasco de los líderes anteriores, desprestigiados por incompetentes y corruptos. Ante tanta promesa incumplida, los nuevos dirigentes -forjados en la frustración de los campos de refugiados y en el atropello de la ocupación israelí- han proclamado un Islam salvador como refugio y solución a todos los problemas y han renunciado a la diplomacia con los países occidentales, que no apremian a Israel, para buscar apoyos en países musulmanes como Siria e Irán.
Ha habido puntos comunes entre las dos principales fuerzas palestinas. Fatah ha defendido una paz mediante un Estado en los territorios palestinos ocupados desde 1967, mientras Hamás ha postulado una tregua eterna con Israel, aunque sin negociación directa. Coincidían además en que los acuerdos de Oslo de 1993 aseguraban la anexión de una parte de Cisjordania, su fragmentación y la negativa israelí a la vuelta de los refugiados y a que Jerusalén fuera también capital palestina. Nada de esto ha bastado ante las ambiciones de cada bando por ejercer el poder en solitario. Queda en manos de la población palestina optar por exigir a sus irresponsables líderes el diálogo nacional o por el suicidio de la guerra civil.
Javier Aisa
Área internacional de IPES