Entre julio y diciembre de 1917 las milicias árabes dirigidas por el príncipe Faysal y el coronel británico Lawrence se encaminaron de La Meca a Jerusalén. Su propósito era derrotar a los turcos y crear un reino árabe unido. El oriente de ese reino era Palestina y allí Jerusalén. A la vez, en la Declaración Balfour, Gran Bretaña ofrecía a los judíos la creación de un Hogar Nacional en Palestina, donde ya vivían 600.000 árabes y cerca de 60.000 judíos. Sin el doble juego de los británicos para afianzar su área de influencia, el nacionalismo excluyente del sionismo y el antisemitismo occidental, el conflicto palestino-israelí no existiría tal como lo conocemos.
Ahora, en La Meca, las delegaciones de Fatah y Hamás se han repartido las carteras del futuro Gobierno de unidad nacional. Hamás ha aprobado los compromisos de Oslo entre israelíes y palestinos en 1993, es decir el reconocimiento implícito de Israel, pero en la calle muchos hablan de traición a los principios del movimiento islamista; por tanto debe optar: o gobierna de forma realista y ofrece soluciones eficaces a los problemas de la vida cotidiana de los palestinos o abandona el Ejecutivo y lleva a cabo una política de oposición total, llena de riesgos. Fatah tendría que admitir que no puede patrimonializar la causa palestina y saber que una política de gestos amables con el Gobierno israelí no proporciona más ventajas cuando todas las negociaciones fracasan. Un ejemplo más ha sido la reunión del presidente palestino Abbas con el israelí Olmert y la norteamericana Condoleezza Rice. El propósito de EEUU era reforzar a los moderados de Fatah frente a los radicales de Hamás; pero, logrado el acuerdo para un gobierno de unidad, si Israel insiste en que el nuevo Ejecutivo no es interlocutor válido es imposible avanzar. Nada pueden esperar los palestinos de conversaciones en las se les exige aceptar un Estado con fronteras provisionales, sin Jerusalén Este, ni solución a los refugiados; lo que significa aplazar “sine die” la posibilidad de un Estado permanente, viable y con todos los territorios. De nuevo, Estados Unidos ha perdido la oportunidad de liderar el camino hacia la paz. Su margen de maniobra en Oriente Próximo se reduce, mientras la Unión Europa y Rusia piensan en adoptar otras iniciativas y, sobre todo, los regímenes árabes moderados valoran distanciarse de la política norteamericana.
Es la estrategia del rey saudí Abdalá al promover el acuerdo de la Meca, reforzando así su protagonismo en Oriente Próximo. La monarquía del petróleo, mediante la presión diplomática, espera lograr la primacía regional, -religiosa y política- influyendo en el rumbo de Palestina y contrapesando el crédito de los chiíes y del presidente de Irán, Ahmadineyad, para vigilar el rumbo de Iraq y a la minoría chií que vive en la región de Hasa, al nordeste del reino. El plan de Abdalá incluye derrotar al extremismo de Al Qaeda, a la que apoyan algunos sectores de la familia real y de las fundaciones religiosas wahhabíes más ortodoxas, que ambicionan bloquear posibles reformas y hasta derrocar al soberano de Arabia Saudí. Abdalá, autoproclamado líder de un renovado nacionalismo árabe islamizado, reclama a Estados Unidos una alianza entre iguales, sin dependencias ni presencia directa de tropas.
La solución al conflicto palestino-israelí pasa inevitablemente por Jerusalén, símbolo de las tres religiones y encrucijada política. Israel la designó “entera y reunificada, capital del Estado de Israel” tras conquistar la parte Este en 1967. Más que con unas excavaciones puntuales, esa “capitalidad eterna” se está ejecutando mediante la confiscación y el derribo de las propiedades árabes, con leyes que obstaculizan la edificación de casas por los palestinos -provocando su exilio- y la compra de viviendas en el barrio cristiano. Además, se ha ampliado su superficie con la anexión de los suburbios orientales y la construcción de colonias que rodean y absorben las aglomeraciones palestinas. La intención es asegurar una mayoría judía frente al peso demográfico árabe: Jerusalén y su área metropolitana (una quinta parte de Cisjordania) consolidan la fragmentación y la discontinuidad de un posible Estado palestino.
Nadie puede atribuirse la posesión de Jerusalén en exclusiva, porque es ciudad de todos los creyentes monoteístas. Antes fue acaparada por los cruzados; el extremismo musulmán reclama su conquista; pero actualmente son los rabinos y los partidos ultraconservadores los que pretenden regirla en solitario y buscan el Templo en los muros de la mezquita de Al Aqsa. No deja de ser chocante su actitud porque la Torá -como apuntan algunos judíos reformadores- no señala un lugar preciso al Templo. En el Deuteronomio se menciona más bien: “pronunciarás la bendición sobre el monte Garizim y la maldición sobre el monte Ebal”; es decir Siquem, hoy la palestina Nablús, pero no Jerusalén, paradójicamente la “ciudad de la paz” en hebreo.
Javier Aisa
Área Internacional de IPES