La posesión de armas nucleares representa un gran peligro. Es un riesgo que Irán tenga un programa nuclear, sea para disuadir de posibles ataques o para disponer de un protagonismo regional. Todavía es un problema mayor que al grupo nuclear de Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia se hayan incorporado India, Pakistán, Israel y Corea del Norte. Las primeras cinco potencias se comprometieron a proceder a un desarme progresivo. Poco esfuerzo han realizado porque existen en el mundo alrededor de 30.000 armas nucleares. Se presiona a Irán, pero no a Pakistán, India y mucho menos a Israel. Hay un doble rasero: silencio con los países aliados y censura a los enemigos. Aún es mucho peor que se mencione con toda naturalidad el posible uso de ingenios atómicos: Francia e Israel han defendido su derecho a hacerlo, si se amenazara su seguridad nacional. Estados Unidos valora crear un nuevo despliegue de misiles en Europa y deja caer que la única forma de acabar con el desarrollo atómico del régimen de Teherán es bombardear los enclaves de enriquecimiento de uranio con armas tácticas que en su extremo superior tengan ojivas nucleares. Todo un despropósito de consecuencias dramáticas para la población, las infraestructuras y el medio ambiente. Pero también porque, a continuación, podría ocurrir otra barbaridad: que algún grupo terrorista obtuviera elementos para elaborar una “bomba sucia”, gracias a extremistas cercanos a los círculos más radicales de Pakistán, con acceso a componentes nucleares, y no se pensaran dos veces utilizarlas contra intereses occidentales. Conviene pensar que puestos a jugar con armas, todas nos pueden estallar en las manos. Es preferible exigir a los países nucleares que destruyan ese armamento y que nadie más se sume al club.
Javier Aisa
Área Internacional de IPES